Mi amiga Edna (RIP, enero 2017)

Conocí a Edna hace más de 25 años. Yo era profesora y ella estudiante principiante de la universidad. Vivaracha, cariñosa, clarividente y extremadamente buena. Fue a la universidad, reclutada por alguien que la incluyo en los números que tenía que hacer ese semestre para cumplir con la cuota de sus admisiones.

Ella comenzó a estudiar, pero no avanzaba en su carrera. No lograba cumplir con las exigencias de los cursos y la universidad. Un día nos encontramos y hablamos de lo que ella quería realmente hacer con su vida y lo que era alcanzable dentro de sus limitaciones. Desconozco si tenía algún diagnóstico, nunca le pregunté. No hacía falta, para mí era evidente que sí tenía algún “problema” que algún experto en procesos de aprendizaje podía identificar, yo no.

Lo que sí estoy segura es de que era muy lista y por lo menos no se dejaba embobar o engañar por nadie. Eso le permitió tener una vida digna. Llegó a conseguir empleo y con ello se sostuvo hasta el final.

Edna siempre estuvo presente en mi vida, desde el momento en que la conocí. Al principio iba a mi casa a plancharme la ropa y de quien entonces era mi marido. Lo hacía con una perfección envidiable, en ningún “laundry” la podían igualar. Se esmeraba. Y mientras planchaba, hablaba. Me contaba de todo y de todos. También me daba consejos y cuando llegaba el momento de predecir, ahí me provocaba temor y risa. Nunca supe como adivinaba, pero la pegaba al analizar mis problemas o situaciones. Siempre terminaba diciéndome que todo iba a estar bien y que no perdiera mi fe, (además de recomendarme la compra de mis velitas y hacer mis oraciones a los correspondientes santos y ángeles).

Nos reuníamos en épocas especiales como Navidad o cumpleaños. Compartíamos y nos contábamos lo que había ocurrido entre esos meses sin vernos. A veces me dirigía a Guayama y sin haberle avisado, cuando iba de camino, entraba una llamada de Edna. Me asustaba, me preguntaba, ¿cómo sabía que iba de camino? Era bruja, pero de las buenas.

Fui a verla, estaba moribunda, pero aun así, pensando en los demás. Me pidió que llevara a su hermana a comprar algo de comer, pues estaba desde el día anterior con ella en el hospital. Fuimos y dialogamos sobre el estado de Edna. Ya no podía hacer nada por ella, lo único que nos quedaba era rezar. Salí de allí sabiendo que ya no la volvería a ver, al menos físicamente.

El tercer día del nuevo año, murió. No pude ir a su entierro, pero le oré y pedí que su alma estuviera en paz, era un ser humano bueno, limpio de corazón y sin maldad. Días después me llamó su hermana para contarme del velorio, Edna todo lo había dispuesto y planificado, no dejó carga para nadie. Pero lo que más me sorprendió fue que en esa llamada, su hermana me dijera que agradecía la oración realizada para Edna. ¿Cómo supo de esa oración? No lo sé. O quizás debo pensar, que desde otro lugar mi amiga Edna, sonrió y se dio cuenta de lo mucho que todos la queríamos y lo que significó en nuestras vidas. Nunca será olvidada, por mi parte y como ella decía al despedirse: “los vemos”, muy pronto amiga querida.

Apágate

Comienzo la rutina diaria y hoy es el segundo día de regreso a mi oficina regional. Me siento como el primer día, cuando comencé a laborar en un entorno nuevo, pero con las mismas situaciones, ambiente, problemas y reacciones que encontré al inicio. Para los que no sepan, estuve un año exiliada involuntariamente en otro lugar, que por circunstancias que no viene al caso, la vida o mejor dicho, mi trabajo, me puso allí.

Al iniciar los trabajos de hoy, mi mouse comenzó a resistirse a los mandatos de mi mano y mente. No quería abrir mis emails. Luego de varios intentos, solicito ayuda a uno de los colegas que más cercano estaba. Rápidamente intentó ayudarme y resolvió. Al preguntarle que había hecho y como lo había arreglado, esta fue su respuesta: “La mayoría de los problemas en la vida, se resuelven apagando y prendiendo”. Él lo había dicho en relación a los sistemas computadorizados y sin saber, estaba declarando una filosofía de vida, la suya.

Pensando en lo que expresó, la realidad es que sus palabras tienen mucho de verdad. Si aplicamos esto a nuestra vida diaria, es lo que deberíamos hacer ante aquello que nos es adverso o no nos satisface, o nos hace enojar o nos crea inconformidad, etc.

Cuando nos abrumamos con el peso de nuestras responsabilidades, lo mejor es hacer “shut down” por el tiempo necesario y volver a conectarnos ante lo que nos abruma, pues lo más probable es que lo percibamos con mirada fresca y nueva. Esa separación es necesaria, para volver a cargar baterías, para dar oportunidad a otras perspectivas, para salir de la saturación.

Inténtalo, veras que vale la pena y estarás manejando con inteligencia emocional muchos aspectos de la vida.

 

Ibis

“Del hocico hasta el rabito”

Esa es la frase de mercadeo bajo una señal de cerveza en una pintoresca lechonera en Guavate, PR. Y es que el que quiera conocer de corazón adentro como vive la cultura el puertorriqueño, tiene una visita obligada a Guavate.

Conozco el sector desde niña, pues era la ruta obligada para visitar el pueblo de Patillas, lugar de origen de mi padre. Los domingos había que madrugar y montarse en el carro para el largo viaje a través de las montañas y curvas serpendeantes que unían el norte y el sureste del país. En ese entonces nada sabía de apreciar los paisajes, los lugares y vistas que se presentaban a través del cristal del carro.

Lo que si recuerdo con mucho cariño son los juegos que inventábamos para entretenernos y a la vez retar la imaginación y el lenguaje. Un veo, veo, ¿Qué ves?, una cosita, ¿con qué letrecita?, con la letrecita … y ahí llegaba la risa, después las peleas por las trampas que hacíamos, etc. O el reto de leer los carteles antes de que el automóvil pasara de largo y nos impidiera conocer lo que decía, tal vez por eso desarrolle la lectura veloz que aun practico.

Había una rutina que seguir. Primero transitar parte de la carretera número 1, entrar por el Barrio Borinquen, subir por la carretera #  1, llegar a casa de Cundo. Cundo era el mejor “lechonero”, o sea asador de lechón, que existía en toda la ruta. Si por razones ajenas no llegábamos antes de las 10 AM, nos teníamos que ir con solo el olor de las brasas en nuestras narices y la conformidad de llenarnos la tripa con otro lechón no “cundero”. Esa era una de las razones por las que debíamos madrugar los domingos patillenses.

En esa época, se apiñaban varias lechoneras, aunque no tantas como las que existen ahora. Había música, vendedores de chucherías, turistas y se entremezclaban los visitantes con los locales en un intercambio de voces y diálogos sobre lo que ocurría en el país. Pocos eran los lugares que tenían baile y si lo tenían, eran más cercano a boleros y música “de campo”.

Todo evoluciona y Guavate también ha cambiado. Una visita al lugar ahora presenta la compleja decisión de dónde comerse el mejor lechón a la vara. De cómo evadir, no ya la vellonera, sino el escándalo de lo que llamamos “raspa palos”, por no tener grabado un disco o no sonar en la radio. El elegir entre un lugar con o sin música, con bailarines o sin ellos, las cervezas más frías y el ambiente familiar que promocionan los carteles.

Ahora a Guavate se va de chinchorreo, en “party bus”, en caravana. A pasarla bien, a disfrutar con la alegría contagiosa de los que van a buscar su ratito de diversión bailando, compartiendo, despojándose de recatos y liberando la “vena” de artista anónimo para tener su momento de gloria. A Guavate se va todo el año, porque allí es donde se palpa nuestra manera de ser como puertorriqueños y las divisiones de clase ni se palpan. Así que, si quieres saber lo que es Puerto Rico en su esencia, no dejes de ir a las lechoneras de Guavate, no importa la época del año, si te quedas en el viejo San Juan ¡no sabrás lo que te estás perdiendo!

 

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