“Del hocico hasta el rabito”

Esa es la frase de mercadeo bajo una señal de cerveza en una pintoresca lechonera en Guavate, PR. Y es que el que quiera conocer de corazón adentro como vive la cultura el puertorriqueño, tiene una visita obligada a Guavate.

Conozco el sector desde niña, pues era la ruta obligada para visitar el pueblo de Patillas, lugar de origen de mi padre. Los domingos había que madrugar y montarse en el carro para el largo viaje a través de las montañas y curvas serpendeantes que unían el norte y el sureste del país. En ese entonces nada sabía de apreciar los paisajes, los lugares y vistas que se presentaban a través del cristal del carro.

Lo que si recuerdo con mucho cariño son los juegos que inventábamos para entretenernos y a la vez retar la imaginación y el lenguaje. Un veo, veo, ¿Qué ves?, una cosita, ¿con qué letrecita?, con la letrecita … y ahí llegaba la risa, después las peleas por las trampas que hacíamos, etc. O el reto de leer los carteles antes de que el automóvil pasara de largo y nos impidiera conocer lo que decía, tal vez por eso desarrolle la lectura veloz que aun practico.

Había una rutina que seguir. Primero transitar parte de la carretera número 1, entrar por el Barrio Borinquen, subir por la carretera #  1, llegar a casa de Cundo. Cundo era el mejor “lechonero”, o sea asador de lechón, que existía en toda la ruta. Si por razones ajenas no llegábamos antes de las 10 AM, nos teníamos que ir con solo el olor de las brasas en nuestras narices y la conformidad de llenarnos la tripa con otro lechón no “cundero”. Esa era una de las razones por las que debíamos madrugar los domingos patillenses.

En esa época, se apiñaban varias lechoneras, aunque no tantas como las que existen ahora. Había música, vendedores de chucherías, turistas y se entremezclaban los visitantes con los locales en un intercambio de voces y diálogos sobre lo que ocurría en el país. Pocos eran los lugares que tenían baile y si lo tenían, eran más cercano a boleros y música “de campo”.

Todo evoluciona y Guavate también ha cambiado. Una visita al lugar ahora presenta la compleja decisión de dónde comerse el mejor lechón a la vara. De cómo evadir, no ya la vellonera, sino el escándalo de lo que llamamos “raspa palos”, por no tener grabado un disco o no sonar en la radio. El elegir entre un lugar con o sin música, con bailarines o sin ellos, las cervezas más frías y el ambiente familiar que promocionan los carteles.

Ahora a Guavate se va de chinchorreo, en “party bus”, en caravana. A pasarla bien, a disfrutar con la alegría contagiosa de los que van a buscar su ratito de diversión bailando, compartiendo, despojándose de recatos y liberando la “vena” de artista anónimo para tener su momento de gloria. A Guavate se va todo el año, porque allí es donde se palpa nuestra manera de ser como puertorriqueños y las divisiones de clase ni se palpan. Así que, si quieres saber lo que es Puerto Rico en su esencia, no dejes de ir a las lechoneras de Guavate, no importa la época del año, si te quedas en el viejo San Juan ¡no sabrás lo que te estás perdiendo!

 

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